Aqui – parte 2

Me niego a contarte como una Historia. Tengo un motivo y me regocijaría. Pero si lo hago, formarás parte de mi pasado y entonces te transformarás en sólo un recuerdo.

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Cuatro semanas

Tanta ansiedad. Tantas noches de insomnio. Tantos sueños mezclados. Tantos planes. Tantas proyecciones. Tantas evasivas. Treinta y tres años de decisiones reducidas a estas cuatro semanas.

Creo entender cómo llegué hasta aquí. En un mes les cuento el desenlace.

Miedo

¿Sabes lo que hago con miedo? Me detengo.

Y eso puede durar meses y años.

Y la vida pasa y yo vivo en esa extraña estabilidad en que no soy yo realmente, sino una proyección de mi “yo” pasado que se rehúsa a avanzar.

Y cuando las cosas son de verdad un cambio importante, cuando soy yo el que debería tomar una decisión que lo sacude todo, suelo detenerme hasta que el tiempo (el mejor aliado del ovido) se encarga de hacer su trabajo.

Hora del baño

La primera vez que llamaron a mi mamá al colegio fue en kinder. Cada mañana, sus dos trabajos la obligaban a ocuparse rápidamente de mi, duchándome y secándome en minutos. Los domingos, sin embargo, eran especiales. Mamá llenaba la tina y se preocupaba de escobillarme cada mancha.

El problema fue cuando la educadora de párvulos nos preguntó cada cuánto nos bañábamos.

Yo contesté ¡Todos los domingos!

Los caminos del Puerto

Agustín pasaba cada día domingo a las 9 de la mañana por la casa de calle Atalaya. Usualmente, la rutina consistía en tomar la Central Placeres, ir al terminal de buses (o Rodoviario) y tomar el primer bus a Santiago o Auco. Su idea siempre fue sacarme de la ciudad, pensando en lo agobiado que yo estaría tras pasar la semana entera caminando las diez cuadras que separaban mi casa en Playa Ancha de uno de los tres colegios donde había estudiado tres años de enseñanza básica. Sin embargo, algunas mañanas esporádicas, cuando la reunión se producía más tarde, no abandonábamos la ciudad.

En el Valparaíso que no era Patrimonio de la Humanidad, que todavía no pintaba su Museo a Cielo Abierto, ni abría docenas de cafés en el Cerro Alegre, cientos de escaleras y pequeñas callecitas yacían sin transeúntes entre casas y ropa interior que colgaba en cordeles. Después llegarían los grupos de jóvenes intelectuales a discutir sus cuentos en los espacios para reunirse que quedan entre las casas y el cerro.

Agustín me tomaba de la mano y solía guiarme por el Camino Cintura hasta que alguna bocacalle marcaba el comienzo. Una vez que entrabas, lo único cierto es que, mientras la escalera bajara y el mar estuviera al frente, llegarías a algún destino. En más de una ocasión el final era la puerta de alguna casa.

Desconozco cómo pequeñas variaciones nos hacían llegar a lugares a cuadras de distancia. En una ocasión, Agustín me señaló un conjunto de edificios que llamó la población Marquez (¿Marques?), tal vez el único antecedente que conozco con certeza sobre su juventud, en una época donde ya huérfano se fue a vivir con quien fuera su amigo de toda la vida.

Pero hay algo que me confunde hasta el día de hoy. En un cerro no muy concurrido hay una calle de poca pendiente con una iglesia a su derecha. La iglesia es grande y no es católica. Lo sé porque entramos en una de sus alas y tenía otros símbolos al lado del Cristo crucificado. La imagen que tengo es ésa y es al atardecer.

Hasta el día de hoy no sé si la iglesia es soñada o verdadera.

Hola

La revista Hola (que no era ni de cerca una franquicia de la española) fue escrita en un cuaderno de 100 hojas de líneas. El otro nombre tentativo fue De Todo.

El título era en mayúsculas. La H era una casita. La O, una cara. La L, ni idea, y la A tenía un avión despegando en uno de sus bordes.

Contenías varias secciones, entre ellas Historia de Chile, Lugares para visitar y Complete la canción. Qué revista más interesante.

Para hacer una sección sobre la comuna de Malloa (la cual habíamos visitado recientemente), Agustín me llevó a la Municipalidad a entrevistarme con alguien que miraba incrédulo a este padre explicando que el niño dirige una revista y quiere hacer un reportaje de su comuna. El título de la columna era el motto de la ciudad: “Tierra de amigos”.

Por alguna razón (tal como en las revistas de verdad) intentaba que cada artículo empezara y terminara en la página del cuaderno de líneas. Obvio.

Para que no pensaran que la escribía solo, inventé dos socios: Emelinda y alguien más. Estudiaban en un colegio de Quilpue. Uno de los colegios se llamaba “Mi Casa”.

Probablemente Agustín se dio cuenta que todos los artículos eran escritos por mi, pues todos tenían el mismo estilo, la misma letra y, por supuesto, comenzaban y terminaban dentro de los márgenes de la hoja del cuaderno de líneas.

Cuando Hola N°1 estuvo terminada, Agustín le pagó a un muchacho con Microsoft Word 95 (?) para que transcribiera mi revista. La transcripción de un artículo manuscrito (que cabe en una página de un cuaderno de líneas) a un texto de computador hace que cada página tenga 10 líneas.

Desconozco si existe alguna copia de Hola en la casa de Agustín. Yo no tengo una. Después inventé un canal de televisión.

Carnaval

Bajo el farol que mi vecino había inclinado retrocediendo su camioneta, Yoyse, Gisselle, Maria Paz, Héctor y yo nos tendíamos a mirar las estrellas. No recuerdo exactamente por qué, pero durante muchas noches la luz artificial se iba por 2 horas dejándonos ver el cielo limpio. Mi favorita era la Cruz del Sur, un volantín formado por 5 luces que se quedó pegada en mi mente tras leer Perico trepa por Chile.

La Primera Generación soñaba con futuros posibles. Dónde íbamos a estar en quince años más. El nombre de nuestros hijos.

Cuando volvía la luz, con Yoyse nananeábamos canciones mientras la tropa caminaba 20 metros hacia una de las tres bancas de madera de la plaza. En una época de oro, Héctor bailaba música tecno con su brazo enyesado. Nunca se me habría ocurrido que el ángulo del cabestrillo era perfecto para acompañar la música que seguía al Aaaaaare you readyyyyy.

A eso de las 11 de la noche, dos silbidos progresivos me anunciaban que debía retornar a la casa. Les seguían las despedidas sabiendo que la rutina se repetía la noche siguiente.

Eran simples esos años en San Vicente. La soporífera rutina ir-al-liceo-volver-a-casa de la estación fría se condimentaba en los veranos con dos días de piscina gratis (gentileza de la Ilustre Municipalidad) y el esperado Carnaval de la primera semana de febrero. En aquellos días, la Primera Generación se ponía su ropa de plaza y partía en conjunto a pretender que veía el espectáculo del escenario.

El objetivo de las salidas era simple: ver a los amigos del liceo y caminar entre los puestos donde la misma gente ofrecía las misma artesanías todos los años. Y el tío de los pollos tenías su puesto de pollos. Y la vecina de las estampitas vendía estampitas.

Una vuelta a la plaza duraba unos quince minutos. Dado que el show terminaba a la una de la mañana, al final de cada día habrías dado al menos ocho vueltas. El carnaval duraba seis días. Recuerdo sentarme frente a la pileta sólo para ver a la misma gente pasar cada vez con mayor frecuencia. Si algo muy emocionante le estaba pasando a alguien, entonces su grupo de amistades tardaba apenas cinco minutos en pasar de nuevo. Los lolos eran especiales. Ellos se ponían en la esquina de Germán Riesco con Tagua Tagua y ahí esperaban una micro que los llevaba a la disco.

Tres veces me quedé pegado viendo el show del escenario. La primera viendo Chancho en Piedra, mientras una chica que sólo conocía la canción Laguna Espacial gritaba Laguna Espaciaaaaaal por una hora y media. La segunda, viendo a Joe Vasconcellos. Wow. La tercera, viendo a Los Bunkers. Esa fue la única noche en que vi a los funcionarios municipales conteniendo las vallas que eran empujadas por santiaguinos melenudos cantando Miéntele.

Desconozco si el resto de la Primera Generación sentía lo mismo, pero el estilo rutinario del día a día bajo 30 grados de calor no parecía molestarme. Hoy lo analizo con detención y veo que no me molestaba en absoluto. En algún punto del verano renovábamos el pantalón del uniforme, un día equis íbamos a comprar cuadernos y sin mucho aviso llegaba la hora de volver al Liceo. Los chicos de la plaza se repartían en los colegios separados por algunas cuadras y, tan sorpresiva como llegó, la Primera Generación se difuminó dando paso a una Segunda que quizás vio las mismas estrellas.